lunes, 28 de enero de 2013

viernes, 9 de marzo de 2012

martes, 5 de abril de 2011

miércoles, 23 de febrero de 2011

La segunda edición de El cielo de Malcolm ya se puede conseguir en internet:

Spontan


El grupo de teatro Spontan en su última actuación en el Sporting Club de Valencia. Teatro directo, fresco y por supuesto de improvisación, aunque absolutamente preparados..

martes, 7 de diciembre de 2010

Como sabéis, MundoDurban, es todo menos un mundo cerrado, por eso, cualquiera que produzca que produzca emoción, o sea su intención hacerlo, tiene aquí su espacio... Por eso esto y por eso todo:




Ahora


Debe ser ahora, porque sí, porque puedo, porque quiero, porque toca.

Ahora, lúcidamente, conscientemente, vivamente, proclamo mis principios:

1. El Amor, en todas sus categorías. Amar plenamente, escuchando, atendiendo, comprendiendo, poniéndose en la piel de los demás. Amor activo, amor después, amor incondicionado e incondicional. Amar la vida, la madre, los amigos, amarte, amar.

2. Justicia. De Norte y sur, entre vecinos, entre comunidades, entre edades, entre sexos. Justicia radical, de raíz: justicia con hechos, activamente, reducir desigualdades, estar al lado del débil hacia el poderoso. Siempre. No olvidarlo nunca. La razón, siempre del lado de quien sufre, de quien no tiene oportunidades, ni herramientas ni acceso a una vida digna: techo, comida, escuela. No hay otra prioridad de déficit, de prudencia, de diplomacia ni de crecimiento económico que pase por delante. La Justicia, primero. Siempre, a fondo.

3. Compromiso. Vivir de acuerdo con lo que se proclama. Tal cual. Todo empieza en uno mismo.

4. Crecimiento: aprender sin fin, escuchar, chupar, mirar, leer, interrogar. Por eso he elegido el oficio que tengo. Humildemente, siempre. Buscar el contacto directo con el otro, verlo, entenderlo y saber que siempre todos tenemos mucho que decir, mucho que ofrecer. La riqueza del conocimiento.

5. El gozo de la vida. El regalo imprevisto y el misterio infinito de qué es la vida es sin duda motivo de reflexión. Mientras tanto, cada momento es bueno para proclamar el gusto por disfrutar de los colores, de las formas, de la música. Bailar, viajar, tocar, compartir, comer, besar y ser consciente. Ser consciente en cada instante.

6. La duda creativo. Que ninguno de los compromisos firmes con la justicia, la igualdad, la dignidad, el apoyo al débil frente al poder económico, político, financiero y militar, no haga perder tampoco la vista a la capacidad de dudar, razonar, sobre cómo nos podemos organizar mejor. No hay blancos ni negros. Hay mil posibilidades. Los principios, si son firmes, hacen que no se tenga ningún miedo a debatir, a incorporar nuevas ideas, matizar otros, enriquecerse.

7. La creatividad, la reivindicación de la belleza, las formas irregulares, las emociones difícilmente encapsulables, el misterio, la esencia del amor, embriagarse hacia un nuevo sentido interior. Respirar y sentir, ir más allá de la razón, que no lo es todo ni lo tiene que querer ser.

Gracias por escucharme.
Intento ser Fiel a todo esto, ya todo lo que me dais cada día, en todo el gozo de vivir y, por encima de todo, el gozo de amar.

Fidel Masreal, autor,compañero y sobre todo, amigo

jueves, 25 de noviembre de 2010

El encuentro

No era para hablar de trabajo, ni siquiera para preguntarle cómo llevaba el hecho de concatenar contratos de tres meses por las bajas de embarazadas y compañeros estresados, ni siquiera era para preguntarle por sus últimos proyectos. Tampoco me hacía falta que me contara su último guión, ni esa idea tan buena para hacer un cortometraje. Ya lo sabía, aunque él no lo supiera. Tan sólo quería saber cómo estaba, qué rondaba por su cabeza, ahora que iba a abandonarnos, al menos a los que nos sentíamos unidos a él, al menos a mí. Le dije que pasaba a recogerlo en coche, y como era la primera vez que lo hacía en tres años de amistad, su nerviosismo era más palpable que nunca.
No íbamos al centro a tomar algo, ni a un bar cercano a comentar la situación actual, la vida, el aquí y el ahora y eso, así que, la forma de quedar, si no miedo, sí que le causaba una profunda desazón. Era la primera vez que, sin previo aviso, cruzábamos los límites de la ciudad, atravesando el río sin agua, los edificios huérfanos de oficinistas que conectaban con las naves industriales gigantes a las otras, las más pequeñas, las que combinaban las de temporada y las abandonadas, por la carretera que no llevaba a ninguna parte.
Al principio, tras algunas respuestas su último trabajo dejó una frase a medias y con la vista fija por la ventanilla preguntó: ¿Adónde vamos? Preguntó. Vamos a un lugar donde no has estado nunca. En ese momento llegó la extrañeza, y puede que hasta un poco de miedo, sólo por hacer algo que no tenía previsto, tal vez, o por estar a punto de ver algo increíble.
En ese momento de dudas, cruzamos el umbral de lo que parecía otro mundo, del gris al verde, del ruido al simple rumor, del asfalto a la tierra, a la viña, al naranjo, al campo. Te voy a llevar a un sitio donde no has estado nunca, le dije. Él, mucho más joven, continuaba perplejo, ya que lo último que esperaba de su compañero de viaje es que le alejara de la ciudad.
Después de media hora llegamos a una pequeña casa de campo familiar. Tenía una extensión de terreno donde algunos árboles perfectamente cuadriculados habían arruinado lo que hasta hacía poco era el campo de fútbol de mi infancia. En la parte posterior había una jardinera donde había plantado algunas hortalizas como si quisiera verlas crecer junto a mi futuro y algunos árboles más veteranos a los que había visto madurar y que ahora se refugiaban en sus propias sombras.
Empezamos a pasear impregnados por un ligero aroma a hierba mojada, a petunia y caléndula. ¡Hombre, pero si tienes un manzano, y un granado, y una higuera, y hasta un olivo! Entonces los dos empezamos a recorrer el terreno, tocando con las manos y oliendo como si fuéramos científicos las cañas de bambú, las enredaderas, los sauces llorones, los jazmines y muchos otros pequeños tesoros a los que tanto quería, pero que desconocía casi por completo.
Como toda buena conversación, habíamos comenzado por lo general para pasar a lo concreto, de las flores al tallo, de las pinchas al sentimiento, del alquitrán y el acero a los perfumes y propiedades de algunas plantas, del cerebro al corazón. ¿Cómo sabes tantas cosas de las plantas?, le pregunté. Yo no sé nada, el que sí sabía era mi abuelo, lo poco que sé se lo debo a él. Me enseñó a distinguir entre una mala hierba y una esparraguera como ésta. Es una planta que tiene espinas, que tiene un color muy feo, pero que si la dejas crecer, te dará espárragos. Siempre había pensado no era más que una mala hierba, contesté. Las apariencias engañan, y seguramente si alguna vez te has pinchado con una, en el futuro no querrás saber nada de ella. Eso también pasa con muchas personas. El perdón no está de moda. Solemos pensar que hay demasiada gente en el mundo como para intentarlo de nuevo con alguien que te ha decepcionado una vez. Algunos pinchan porque no quieren ser arrancados por alguien que no tenga ni idea de plantas. Como tú, dijo. Sí, tienes razón, aunque a veces haya sido yo el que me haya sentido como una esparraguera.
¡Y también tienes tomates rastreros, de caña y hasta pimientos de padrón! Claro, le dije. Supongo que es una manera de tratar de responsabilizarme de algo, o de mí mismo. Continuamos hablando de lo que había aprendido de su abuelo. Tenía una calma que llevaba al extremo, dijo, tanto que a algunos les podía parecer desinterés, pero lo cierto es que la vida le había enseñado a no desesperarse ni a correr más de lo necesario. Él vivió en una generación labrada en el esfuerzo, en el sacrificio, entendido como el significado más puro que esta palabra tiene. Nunca quiso implicarse en política, pero en la época convulsa en la que vivió, cuando apenas tenía veinte años, saber leer y escribir, le convirtió en alguien importante a su pesar. Y pagó por ello. ¿Y eso?, pregunté. Estuvo en la cárcel. Mucho tiempo. Por enseñar a leer y escribir a mucha gente.
Se hizo un silencio y no quise preguntar más. Sé lo que quieres decir. También vi el sufrimiento en mis abuelos. Ellos trataban de esconderlo, para que nos diéramos cuenta, pera que fuera algo suyo, privado, pero yo siempre supe leer en sus ojos. Parece que dentro de poco este sentimiento se perderá. ¿El sufrimiento?, preguntó. Sí, y también el perdón, porque si de algo estoy seguro es que todos tuvieron que perdonar mucho, aunque no quisieran.
A mí me enseñaron lo que era la entrega total a la familia, a que comiera siempre un poco más de lo necesario, aunque ya no tuviera hambre, a que descansara, aunque ya no estuviera cansado… Era un pensamiento y una forma de actuar primaria, como el de una loba que pensara que mañana ya no encontraría qué darnos de comer, que mañana ya ni siquiera tendríamos tiempo de descansar…
Te entiendo, dijo. La conversación derivó entonces hacia todo aquello que habíamos aprendido de nuestros abuelos, que eran, al fin, las cosas más importantes de la vida. No, la propia vida. Después, con las manos llenas de tierra de haber transplantado una tomatera de su antigua ubicación a otra, decidimos volver a la ciudad. Apenas hablamos durante el viaje de vuelta. De las viñas y los naranjos, de nuevo al asfalto. Del campo a la ciudad, cruzando el mar de naves desiertas y el río sin agua. Los dos estábamos seguros de que aquella conversación había sido la más importante que habíamos tenido nunca. Nos habíamos abierto por fin y habíamos aprendido el uno del otro como nunca. Ahora sabíamos que teníamos muchas cosas en común, pero sobre todo, la más importante, el saber que lo poco que habíamos aprendido lo habíamos hecho de nuestros mayores.

Dedicado a Pablo Esparza y a su amor por el campo

viernes, 24 de septiembre de 2010

jueves, 15 de abril de 2010

La ceniza de un volcán altera el tráfico aéreo de Europa




Varios aeropuertos de Reino Unido, incluido Heathrow (el mayor en tráfico en el mundo), Noruega y Suecia, suspenden vuelos por el humo y la ceniza


lunes, 16 de noviembre de 2009

LA NOCHE DE KERBALA

Prólogo




Quiero morir. Morir, sí. Crecer como sólo ellas lo saben hacer, hasta que ya no pueden más. Cambiar de color, de forma tal vez, y como ellas, llenarme de viento estelar hasta desintegrarme. Quiero morir para iluminar todo como no lo había hecho nunca aunque sólo sea un instante. Quiero morir para que mi fin sea un principio infinito, para tratar de vivir como ellas, como las estrellas, pero no para que mi brillo regale vida durante miles de años, sino tan sólo unos pocos segundos, no como lo haría Orión. Creo que ya he empezado. De pronto mi fe de no creer en nada se ha esfumado. Al menos estoy segura de que los que ahora me reciben son ángeles que me dan la bienvenida. Hay algo peor que estar muerto, es estar vivo y no desearlo. Quiero morir, y voy a empezar a partir de ya. Aunque esto es mucho más extraño de lo que pensaba. Estos rostros que me observan deben de ser los ángeles que acogen a los que nos morimos y no sabemos cómo hacerlo.




El cuerpo de Lola yacía desordenado en el suelo, en una figura que desafiaba la resistencia de sus músculos y articulaciones. Nada extraño en un muerto, que adopta posiciones ridículas, consciente que el mundo en el que la observan ya no le pertenece. Pero Lola no estaba muerta, al menos, por ahora.

miércoles, 17 de junio de 2009

Durban quiere presentaros un documental de un gran profesional, pero sobre todo amigo, Nacho Rodríguez. Se llama Utopía, y según su autor "relata las vidas de seis amigos que practican deporte a su modo y disfrutan de la vida como pocos". Dicho así suena bastante normal, pero se trata sólo la modestia mal entendida de Nacho.
Durban y yo os podemos decir que Utopía es una fantástica aventura de superación personal, de amistad, de amor, de alegría de vivir... No es lo más importante, pero los protagonistas son personas con alguna minusvalía física que demuestran cómo las ganas de vivir puede llevar a cualquiera a realizar sus sueños, desde competir en unos Juegos Olímpicos, a volar (así, literalmente), o simplemente, ir en bicicleta sin utilizar las piernas...


En definitiva, Utopía es el resultado de un gran esfuerzo por mostrar lo que mueve la vida: la emoción, el sentimiento, el corazón....


Aquí os dejo el tráiler:

martes, 26 de mayo de 2009

Cerca del Sol


El transbordador Atlantis está en tránsito solar...
Es decir, que tiene al Sol a su espalda (o en frente, según se mire...)
...y eso que está a millones de años luz pero,
...si estuviera en el Atlantis estaría emocionado,
...y bastante a...

lunes, 18 de mayo de 2009

Sin duda, uno de los poemas más bonitos que se han escrito, del maestro Mario Benedetti, el muy bribón ha decidido abandonar este mundo, de momento, me imagino, como siempre...Mi más sincero homenaje:

TÁCTICA Y ESTRATEGIA
Mi táctica es mirarte
aprender como sos
quererte como sos.

Mi táctica es hablarte y escucharte
construir con palabras un puente indestructible .

Mi táctica es quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé con qué pretexto
pero quedarme en vos .

Mi táctica es ser franco

y saber que sos franca
y que no nos vendamos simulacros
para que entre los dos
no haya telón ni abismos.

Mi estrategia es en cambio
más profunda y más simple.

Mi estrategia es que un día cualquiera
no sé cómo ni sé con qué pretexto
por fin me necesites.

martes, 14 de abril de 2009

Magnificent

Increíble la nueva canción de U2. A Durban y a mí nos ha encantado










I was bornI was born to sing for you
I didn’t have a choice but to lift you upAnd sing whatever song you wanted me to
I give you back my voice
From the womb my first cryit was a joyful noise

Only LoveOnly love can leave such a mark




Simplemente Magnífica

jueves, 2 de abril de 2009

Tengo una pregunta


¿Por qué no nos conformarnos con vivir?
Con el hoy, digo,
con el innecesario ahora que,
zeta que zeta,
acostumbra a llamarnos sin parar...

¿Por qué no descansar, dormir y no encontrate en cada pared,
en cada minúscula cicatriz que se engarza en sitios insospechados?

¿O simplemente aceptar lo que hay, hay, esto es,
y no lo otro, ni lo que tuviste, ni ese momento donde estabas?
¿Por qué esperar algo de alguien, nada de nadie,
todo de ti,
casi todo de casi nadie?

¿Por qué conformarme con seguir sentado y ver pasar los coches desde mi terraza esperando que sean los demás los que cambien,
que aquí no pasa nada, que no les conozco,
que no me importan, pues eso,
que ya no debo esperar nada de nadie,
ni algo de alguien, ni nada de nadie?

Cuando abro un libro sólo hay una mancha azul en el centro de cada página
descubriendo que no he sido yo, sino tú la que te has ido....

¿Por qué el pasado siempre está repleto de cosas, de cadenas, de lo nuestro,
de muros que no conocí y que me señalan,
de un campo verde y azul y girasoles,
con su movimiento siempre suave que tanto me gusta?

¿Por qué el aroma de la alegría se me atraganta y se queda pegado a mi nuca?
¿Por qué huelo a café si sólo lo tomaba contigo y elrincón de mi alegría se quiere mudar allá donde estés?

Ese suspiro era mío sin serlo ni desarlo, pero se apoderó de él,
como una abeja de su flor, como un delfín de su mar,
como el blanco de sus nubes...

¿Por qué tengo que conformarme con lo que tengo?
¿Por qué deseamos recibir afectos si estos son los más difíciles de recibir y en cambio la culpa se te pega al alma sin vacilaciones?

¿Por qué recorro las calles que tú recorrías,
esperando que aparezcas y me dejes en esta vida que no es vida,
es esta existencia que no es existencia,
en esta supervivencia obligada, si aún huelo tu aliento,
porque es el tuyo y no otro,
porque está conmigo y no con otro, por qué,
...zeta que zeta, soy más invisibe que tú, aunque siga aquí?
buscándote...
esperándote...

viernes, 28 de noviembre de 2008

Al otro lado es una historia de casualidades, de destinos entrecruzados, que son muchos y uno a la vez, y que en la mayoría de los casos sólo conducen al infortunio. Es el ejemplo más claro de lo que significa estar en el lugar equivocado en el instante equivocado. También es la historia de la voluntad de querer darle la vuelta a un destino no deseado. Desde una prostituta turca que decide salir de la calle con la ayuda de un jubilado hasta una activista kurda que huye a Alemania, harta de la propia presión de los suyos, o un hijo que decide perdonar a su padre. No desentrañaré más de la trama, sólo diré que aunque aparentemente no existe un hilo conductor, la acción obligará a los personajes a que intenten cambiar del resto.
Al otro lado le debe mucho a Before the rain, y en menor medida a Babel.
Trata de dos sentimientos que no están de moda y que no tienen muy buena prensa. La culpa, por hacer algo que debería haber hecho otra persona o por haber recibido un daño que no estaba destinado a nosotros. Pero el más importante, el que se echa en falta en estos días de furia, es el perdón.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Un mensaje en el cielo

Hoy, mientras miraba el cielo, me he fijado en que en muy poco espacio de tiempo he oído tres sonidos muy parecidos. Entonces he mirado al cielo, como siempre, esperando la respuesta. Y ahí estaba...

Era claramente una A, así que he empezado a rastrear por el salón. Seguro que me he olvidado de algo, como suelo hacer, casi siempre intencionadamente... Amor, Armonía, Armisticio, Anécdota, Anuario...no, probemos un poco más, Análisis, Asistencia, Ayuda...Ah, eso es "AH¡¡"...ya sé lo que es:

"A ver si te vas a olvidar"...eso es, felicidades , mamá, en tu taytantos cumpleaños, y en los miles de no-cumpleaños que me sigues dedicando...un beso

viernes, 7 de noviembre de 2008

sábado, 11 de octubre de 2008

Una historia de Berlín

Berlin, 16 de julio de 2008. 11 de la mañana.
Durban, Fidelio y yo atravesamos Friedrichstraße, la calle que donde está el Check Point Charlie, el paso fronterizo más famoso del Muro de Berlín, entre las dos alemanias (1945-90).


Nos acercamos a un puesto lleno de trajes militares soviéticos, casos, gorros, condecoraciones, matriuskas y máscaras de gas. Entonces Durban se dirige a la mujer del puesto y le pregunta sobre unos gorros. Con una mirada violeta y gestos lentos, pacientes, la vendedora se dirige a nosotros desafiante. Se llama Lidia Cherkova y nos dice que no hablemos tan alto cerca de estos trajes militares. Pueden escucharlo todo, dice mientras apura un cigarrillo, de tantas personas a las que han acompañado. ¿Me entiende?
¡Rebelión, rebelión! ¡Fantasmas, muchos fantasmas, no bien, no bien! No pretendíamos ofenderla, le contestamos, dando por hecho que la ofensa ya había sido lanzada. No, no es a mí. Es a ellos. Pero ¿Acaso creen que los que llevaron estas casacas pueden olvidar tan fácilmente? La mayoría sirvió a esta parte, en la oriental, en la nuestra, en la República Democrática y precisamente, esos dos gorros por los que me preguntan perecieron en Stalingrado. Tras una pausa, con la mirada decepcionada de no encontrar más que una cajetilla vacía, continúa: Allí murieron casi dos millones de personas. ¿Se imaginan? En sólo diez meses. ¿Es eso justo? No, no lo es.
Entonces bajamos la mirada y nos disculpamos. Aunque ahora estén en venta, nos encontramos ante un panteón sagrado, testigos mudos de contiendas siempre desiguales, siempre traicioneras. Nos disponíamos a irnos cuando Lidia, cogió a Durban del hombro, le entregó los dos sombreros y se los colocó uno en cada mano. Son de Nikita y Erich. Ellos también estuvieron en Stalingrado. ¿Y murieron allí?, pregunta Durban. No, claro que no. A eso no sele puede llamar morir. Les voy a contar algo:

El 1 de noviembre de 1941 el Ejército Rojo inició la campaña militar más importante de la historia. Tanto por el número de efectivos que entraron en combate como por la desgracia que trajo consigo y por ser el desencadenante del que si duda supuso el cambio más importante en la historia reciente.
La contraofensiva contra el ejército nazi había comenzado de forma silenciosa, tomando posiciones en algunas de las fábricas abandonadas de las afueras de Stalingrado. La mayoría de ellas estaban vacían, ya que los alemanes habían preferido buscar refugios más pequeños para montar sus avanzadillas. A treinta grados bajo cero resultaba imposible quitarse los guantes, lo que impedía el uso de casi cualquier instrumental, incluida la radio, y el despliegue lógico de campamentos. El calor humano se había hecho más necesario que nunca. Los cálculos de una invasión rápida de este enclave habían sido erróneos.
Los soldados dormían acurrucados unos sobre otros, con hojas de periódicos en las piernas y debajo de las camisas. Los generales habían permitido que las guardias se redujeran hasta las tres horas y las raciones de vodka eran dobles, por primea vez desde el comienzo de la ofensiva, el 14 de septiembre.
Erich Malthemberg pertenecía a la 60ª División de Infantería Motorizada, todo un lujo para alguien con un cuerpo tan enclenque y débil como el suyo. Su mente se había cultivado en las aulas de la Universidad de Filosofía de Colonia pero, en sus cinco años de estudio, no había dedicado ni un segundo al ejercicio físico, todo lo contrario de la mayor parte de sus compañeros, forjados en los Korps y experimentados en los desiertos de Túnez y Libia.
Erich sabía que era un afortunado. Tenía veintiséis años y la medalla de plata de las Olimpiadas de Berlín en la modalidad de tiro olímpico. Eso y la poderosa influencia de su padre, un empresario que fabricaba todos los neumáticos de los vehículos del ejército del Tercer Reich, le habían facilitado una posición privilegiada.
Había pasado dos meses en el campo de Sachsenhausen, a pocos kilómetros de Berlín, dentro de las SS, en el cuerpo de inteligencia. Pero tras apenas dos meses fue expulsado tras varias discusiones con el jefe del campo y su indisposición continuada a participar en los experimentos de las SS. Ahora, en su división, superado el disgusto de su padre tras la reprimenda del mismísimo Himmler, estaba en un lugar que pensaba más seguro. Las motos actuaban como fuego de cobertura, así que tardaría un poco más en morir, y no lo haría a las primeras de cambio como los rumanos y los húngaros de la 3ª División, que actuaban como fuerza de choque por delante de ellos, limpiando el terreno de minas y arrasando con todo lo que encontraban.
Su unidad estaba a las órdenes del general Fiedrich Paulus, hombre de confianza de Hitler y uno de los ideólogos de la invasión soviética, al menos, hasta que el mismo Führer desbarató por completo sus planes. Era la primera vez que entraba en combate, si así se podía llamar avanzar dentro del sidecar a toda velocidad y disparar a todo lo que saliera a su paso. Sin embargo no tenía miedo.

Su unidad había avanzado unos tres kilómetros, cerca del monte Mamaev Kurgan, desde donde casi se podía divisar toda la ciudad. De pronto, una explosión hizo saltar su moto por los aires y el sidecar se despidió de su apéndice bruscamente. Solía llevar tapones en los oídos así que la explosión la sintió un poco más lejana que el resto. A unos veinte metros una mina había destrozado los dos pánzer que cubrían a unos cien húngaros que les debían dejar el paso libre.
Justo delante de él un teniente se retorcía en el suelo de dolor envuelto en llamas. Enrich tenía las piernas encajadas en el sidecar. A duras penas se bajó, cogió una manta y se tiró encima de él intentando sofocar el fuego que le cubría de cintura para arriba. Sus gritos eran como los de un cordero a punto de ser sacrificado. Cuando le puso la mano en la cara notó como la piel de los guantes se fundía con la de la barbilla del teniente. Tuvo que golpearle, ya que éste intentaba cogerle y le salpicaba de pequeñas llamas y brasas. Se lo quitó de encima como pudo y le tiró la manta.
A esta temperatura, el contacto de la nieve con la piel quema tanto como el fuego. Ni siquiera resulta un buen método para tratar de apagarlo, pero el peso de Maltemberg y su zarandeo furioso encima del oficial lo consiguió al fin. Después comprobó si el teniente seguía vivo, pero lo suyo era la filosofía, así que no estaba muy seguro.
Pac, pac, pac... Alguien les había visto y les acababa de disparar. A su izquierda dos pánzer más habían sido alcanzados, así que nadie repararía en ellos hasta que hubieran sofocado el fuego de las máquinas. Cogió al teniente y, aunque presentía que estaba pasando sus últimos minutos en este mundo, lo arrastró hasta una casa a la que habían arrancado la fachada de cuajo, pero que les ofrecía una pared durante algún tiempo.
Nikita Semiónov se quitó el guante, golpeó la pared con los nudillos dos veces, apretó los ojos y acarició el gatillo como si fuera una superficie suave, desconocida, y no le quemara como en realidad lo hacía. No era un hombre de costumbres, pero a sus veinticinco años estaba convencido que para matar a alguien debía seguir una rutina que no le obligara a pensar en lo que estaba haciendo. Algo así como poner música clásica para aplacar los gritos de un torturado o hacer una muesca de madera, apreciando la belleza de la naturaleza justo después de disparar a algún desgraciado.
Se había librado de ir al frente norte al haber participado en los Juegos Olímpicos de Berlín. Lo había hecho con pasaporte lituano, pero eso poco importaba ahora. Era un tirador de élite, y Stalin había decidido que junto con los atletas, ingenieros y médicos, debía permanecer en la retaguardia, al menos, hasta que fuera necesario. Y así había sido hasta hacía sólo dos semanas.
La ofensiva nazi hacia el Volga había convertido a los cuerpos de choque alemanes en unos blancos demasiado fáciles como para renunciar a ellos. Hitler había castigado a numerosos oficiales a entrar en la ciudad en primera línea, con los soldados rasos, los húngaros y los rumanos. La mayoría, acusados de no haber sido capaces de contener los saqueos, ejecuciones y violaciones de las primeras semanas. No por el hecho de hacer la vista gorda, sino por haber tenido contacto con los judíos y no haberlos detenido y mandado para los campos de exterminio como les había ordenado. El fürher pensaba que hacerse con esta ciudad supondría dividir la Unión Soviética en dos, cortar el suministro de petróleo al norte y hacerse con el control total de los rusos. Pero su visión estratégica no impedía que nunca quitara de su cabeza ni de la de sus generales la idea de la supremacía de la raza y su deber sagrado de acabar con los judíos.
Nikita nunca se aventuraba a hablar de política, ni de pueblos, ni de razas. Ni siquiera pensaba en ello. En cambio, le gustaban las combinaciones extrañas de colores, las formas geométricas y su proyección en el espacio. Pensaba que los trajes de los alemanes eran demasiado oscuros. Un detalle estúpido en cualquier otro momento o lugar, pero clave en el devenir de su ofensiva, sobre todo porque un manto nevado cubría todo Stalingrado más de seis meses al año.
Llevaba tres días apostado a los pies del monte Mamaev Kurgan y había acabado con más de cincuenta vidas. El General Kostantín Rokossovski le había prometido que, si lograban resistir el ataque nazi un par de semanas más, pronto podría devolverle a casa. Y ésa era la mejor noticia posible; la única noticia posible. Casi la mitad de los soldados de su compañía tenía disentería u otras enfermedades y las noticias no eran nada esperanzadoras. Últimamente a los heridos los trasladaban a la orilla del Volga, con la promesa de ser evacuados, pero una vez allí, les dejaban morir congelados.
Frente a él tenía dos alemanes y debían de ser oficiales. Uno de ellos estaba sentado y apenas se movía. Quizás estuviera herido. El otro le daba agua y giraba la cabeza a un lado y otro. Les tenía a tiro. Demasiado fácil. Pac, pac. Dio dos golpes más con los nudillos, como si ya lo hubiera hecho.
El teniente estaba medio muerto. Tenía la mitad del rostro cubierto por una costra negra y el tintineo inútil de una mano era lo único que mantenía a Erich a su lado. Había sentado al teniente en una habitación con azulejos y una pila. Pac. Entonces notó como si le hubiera dado la corriente en el brazo y se giró buscando el origen del disparo. Miró al teniente y comprobó que tenía un balazo justo en medio de la frente. Por un momento sintió pánico, pero le duró apenas segundos, hasta comprobar que a él también le habían alcanzado en la muñeca. En ese momento se dio cuenta de que alguien se acercaba a su posición.
Nikita sabía que a uno le había dado en la cabeza, pero sospechaba que el otro sólo estaba herido. Decidió acercarse. Desde su posición era mucho más sencillo, su camuflaje era perfecto, pensó. Lo único que le daba miedo era la posibilidad de tener que utilizar el cuchillo. Estaba a unos diez metros y podía ver el casco del alemán.
Erich recordó que tenía un pañuelo blanco que podría utilizar para mostrar su rendición. Ya no se acordaba que tenía inscritos en él los cinco aros olímpicos, con la fecha bajo: Berlín 1936. Lo agitó mientras buscaba la pistola que había perdido cuando salió despedido de la moto. No debía pasar de los veinticinco grados bajo cero, pero empezó a sudar.
Cuando Nikita vio el pañuelo agitándose decidió acercarse, al menos, para ver la cara al número cincuenta y dos. Erich se tocó la cartuchera pero estaba vacía. Cuando se giró tenía a un francotirador del 62º Ejército Rojo apuntándole. Así que ya estaba muerto, con la bandea olímpica en la mano, desarmado y muerto, luego pensó que lo mejor era reírse de la situación. Nikita dio dos pataditas al suelo. El cielo estaba cubierto, pero un haz de luz le rozó la mejilla y bastó para que sintiera un segundo de calor. Con el fusil le hizo una señal para que el alemán se quitara el casco. Erich se lo quitó y continuó agitando la enseña olímpica, con un semblante ridículo.
En ese momento Nikita recordó el color miel de unos ojos con los que había intercambiado la mirada más larga de su vida. Miel y azul y negro y blanco, y tras ellos, sólo la diana. Se apartó la bufanda para ver si el número cincuenta y dos también le reconocía. No había pasado tanto tiempo desde su primer y único encuentro. Fue el 14 de julio de 1936, en las pistas adyacentes al estadio olímpico de Berlín. Después de más de 3 horas de la final de tiro y veinte dianas empatando con la misma puntuación, Nikita y Erich seguían disputándose la medalla de oro. Entonces el alemán se quitó la gorra y miró a su oponente. El público le jaleaba y pedía gritos la rendición del ruso. Erich se acercó a él, se despojó de los guantes y le ofreció su mano ante la desesperación de un público boquiabierto y furioso. Nikita aceptó su mano y se fundieron en un abrazo. Fue la primera vez en la historia de los juegos en la que se repartieron dos medallas de oro en una misma competición.
Pero aquel cara a cara nada tenía que ver con lo que pasaba ahora. Muerte y hielo. Frío y lágrima. Este era el tiempo de la ira. Nikita apuntó de nuevo su fusil. Erich cerró los ojos y siguió recordando el encuentro de una soleada tarde de verano. Escuchó un crujido y de nuevo sonrió. Pero esta vez era el ruido apabullante de un pánzer que se acercaba en su dirección. Debía de estar a unos treinta metros. También escuchó a un teniente preguntando si había supervivientes. Erich abrió la boca pero Nikita le miró recordándole su condición. El ruido de la bestia y de los zapadores alemanes era cada vez más nítido y cercano.
La situación había cambiado en segundos. Cuando le vieran, matar a Erich sería su último recuerdo. Nikita bajó el fusil y fue él el que rió. Acababa de decidir que uno de los dos sobreviviría a la guerra. Ahora eran los pasos de tres hombres los que se escuchaban. Erich se tocó la herida con la mano y esparció la sangre que tenía en su cabeza y en la cara de Nikita. Después le cogió por los hombros y lo tiró al suelo, le sacó su puñal y se lo colocó en su mano. Acababa de empezar a nevar. Ya en el suelo, Erich colocó a Nikita boca abajo, como si estuviera muerto y después se tiró él mismo encima, simulando también estar muerto. El cielo parecía despejado aunque nevaba. A los tres soldados alemanes les acompañaba un perro que se paró junto a Erich y Nikita. Les olió, les lamió y les dejo como si nada. Los soldados pensaban que estaban muertos. Recogieron el fusil del ruso y pasaron de largo. Erich pesó que debía seguir tapando a Nikita durante un tiempo más. El ruso pensó que era un día turquesa.
Tres días más tarde el capitán Dimitri Cherkov descubrió a un soldado ruso y a un suboficial alemán abrazados. Habían muerto congelados.

Y esa es la historia de Nikita y Erich, nos dijo Lidia. El capitán Dimitri Cherkov es mi padre. Estos dos son sus sombreros. El cielo se ha despejado.
...dedicado a todos los que abandonaron este mundo en esta guerra, y en todas las guerras
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