jueves, 15 de abril de 2010

La ceniza de un volcán altera el tráfico aéreo de Europa




Varios aeropuertos de Reino Unido, incluido Heathrow (el mayor en tráfico en el mundo), Noruega y Suecia, suspenden vuelos por el humo y la ceniza


lunes, 16 de noviembre de 2009

LA NOCHE DE KERBALA

Prólogo




Quiero morir. Morir, sí. Crecer como sólo ellas lo saben hacer, hasta que ya no pueden más. Cambiar de color, de forma tal vez, y como ellas, llenarme de viento estelar hasta desintegrarme. Quiero morir para iluminar todo como no lo había hecho nunca aunque sólo sea un instante. Quiero morir para que mi fin sea un principio infinito, para tratar de vivir como ellas, como las estrellas, pero no para que mi brillo regale vida durante miles de años, sino tan sólo unos pocos segundos, no como lo haría Orión. Creo que ya he empezado. De pronto mi fe de no creer en nada se ha esfumado. Al menos estoy segura de que los que ahora me reciben son ángeles que me dan la bienvenida. Hay algo peor que estar muerto, es estar vivo y no desearlo. Quiero morir, y voy a empezar a partir de ya. Aunque esto es mucho más extraño de lo que pensaba. Estos rostros que me observan deben de ser los ángeles que acogen a los que nos morimos y no sabemos cómo hacerlo.




El cuerpo de Lola yacía desordenado en el suelo, en una figura que desafiaba la resistencia de sus músculos y articulaciones. Nada extraño en un muerto, que adopta posiciones ridículas, consciente que el mundo en el que la observan ya no le pertenece. Pero Lola no estaba muerta, al menos, por ahora.

miércoles, 17 de junio de 2009

Durban quiere presentaros un documental de un gran profesional, pero sobre todo amigo, Nacho Rodríguez. Se llama Utopía, y según su autor "relata las vidas de seis amigos que practican deporte a su modo y disfrutan de la vida como pocos". Dicho así suena bastante normal, pero se trata sólo la modestia mal entendida de Nacho.
Durban y yo os podemos decir que Utopía es una fantástica aventura de superación personal, de amistad, de amor, de alegría de vivir... No es lo más importante, pero los protagonistas son personas con alguna minusvalía física que demuestran cómo las ganas de vivir puede llevar a cualquiera a realizar sus sueños, desde competir en unos Juegos Olímpicos, a volar (así, literalmente), o simplemente, ir en bicicleta sin utilizar las piernas...


En definitiva, Utopía es el resultado de un gran esfuerzo por mostrar lo que mueve la vida: la emoción, el sentimiento, el corazón....


Aquí os dejo el tráiler:

martes, 26 de mayo de 2009

Cerca del Sol


El transbordador Atlantis está en tránsito solar...
Es decir, que tiene al Sol a su espalda (o en frente, según se mire...)
...y eso que está a millones de años luz pero,
...si estuviera en el Atlantis estaría emocionado,
...y bastante a...

lunes, 18 de mayo de 2009

Sin duda, uno de los poemas más bonitos que se han escrito, del maestro Mario Benedetti, el muy bribón ha decidido abandonar este mundo, de momento, me imagino, como siempre...Mi más sincero homenaje:

TÁCTICA Y ESTRATEGIA
Mi táctica es mirarte
aprender como sos
quererte como sos.

Mi táctica es hablarte y escucharte
construir con palabras un puente indestructible .

Mi táctica es quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé con qué pretexto
pero quedarme en vos .

Mi táctica es ser franco

y saber que sos franca
y que no nos vendamos simulacros
para que entre los dos
no haya telón ni abismos.

Mi estrategia es en cambio
más profunda y más simple.

Mi estrategia es que un día cualquiera
no sé cómo ni sé con qué pretexto
por fin me necesites.

martes, 14 de abril de 2009

Magnificent

Increíble la nueva canción de U2. A Durban y a mí nos ha encantado










I was bornI was born to sing for you
I didn’t have a choice but to lift you upAnd sing whatever song you wanted me to
I give you back my voice
From the womb my first cryit was a joyful noise

Only LoveOnly love can leave such a mark




Simplemente Magnífica

jueves, 2 de abril de 2009

Tengo una pregunta


¿Por qué no nos conformarnos con vivir?
Con el hoy, digo,
con el innecesario ahora que,
zeta que zeta,
acostumbra a llamarnos sin parar...

¿Por qué no descansar, dormir y no encontrate en cada pared,
en cada minúscula cicatriz que se engarza en sitios insospechados?

¿O simplemente aceptar lo que hay, hay, esto es,
y no lo otro, ni lo que tuviste, ni ese momento donde estabas?
¿Por qué esperar algo de alguien, nada de nadie,
todo de ti,
casi todo de casi nadie?

¿Por qué conformarme con seguir sentado y ver pasar los coches desde mi terraza esperando que sean los demás los que cambien,
que aquí no pasa nada, que no les conozco,
que no me importan, pues eso,
que ya no debo esperar nada de nadie,
ni algo de alguien, ni nada de nadie?

Cuando abro un libro sólo hay una mancha azul en el centro de cada página
descubriendo que no he sido yo, sino tú la que te has ido....

¿Por qué el pasado siempre está repleto de cosas, de cadenas, de lo nuestro,
de muros que no conocí y que me señalan,
de un campo verde y azul y girasoles,
con su movimiento siempre suave que tanto me gusta?

¿Por qué el aroma de la alegría se me atraganta y se queda pegado a mi nuca?
¿Por qué huelo a café si sólo lo tomaba contigo y elrincón de mi alegría se quiere mudar allá donde estés?

Ese suspiro era mío sin serlo ni desarlo, pero se apoderó de él,
como una abeja de su flor, como un delfín de su mar,
como el blanco de sus nubes...

¿Por qué tengo que conformarme con lo que tengo?
¿Por qué deseamos recibir afectos si estos son los más difíciles de recibir y en cambio la culpa se te pega al alma sin vacilaciones?

¿Por qué recorro las calles que tú recorrías,
esperando que aparezcas y me dejes en esta vida que no es vida,
es esta existencia que no es existencia,
en esta supervivencia obligada, si aún huelo tu aliento,
porque es el tuyo y no otro,
porque está conmigo y no con otro, por qué,
...zeta que zeta, soy más invisibe que tú, aunque siga aquí?
buscándote...
esperándote...

viernes, 28 de noviembre de 2008

Al otro lado es una historia de casualidades, de destinos entrecruzados, que son muchos y uno a la vez, y que en la mayoría de los casos sólo conducen al infortunio. Es el ejemplo más claro de lo que significa estar en el lugar equivocado en el instante equivocado. También es la historia de la voluntad de querer darle la vuelta a un destino no deseado. Desde una prostituta turca que decide salir de la calle con la ayuda de un jubilado hasta una activista kurda que huye a Alemania, harta de la propia presión de los suyos, o un hijo que decide perdonar a su padre. No desentrañaré más de la trama, sólo diré que aunque aparentemente no existe un hilo conductor, la acción obligará a los personajes a que intenten cambiar del resto.
Al otro lado le debe mucho a Before the rain, y en menor medida a Babel.
Trata de dos sentimientos que no están de moda y que no tienen muy buena prensa. La culpa, por hacer algo que debería haber hecho otra persona o por haber recibido un daño que no estaba destinado a nosotros. Pero el más importante, el que se echa en falta en estos días de furia, es el perdón.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Un mensaje en el cielo

Hoy, mientras miraba el cielo, me he fijado en que en muy poco espacio de tiempo he oído tres sonidos muy parecidos. Entonces he mirado al cielo, como siempre, esperando la respuesta. Y ahí estaba...

Era claramente una A, así que he empezado a rastrear por el salón. Seguro que me he olvidado de algo, como suelo hacer, casi siempre intencionadamente... Amor, Armonía, Armisticio, Anécdota, Anuario...no, probemos un poco más, Análisis, Asistencia, Ayuda...Ah, eso es "AH¡¡"...ya sé lo que es:

"A ver si te vas a olvidar"...eso es, felicidades , mamá, en tu taytantos cumpleaños, y en los miles de no-cumpleaños que me sigues dedicando...un beso

viernes, 7 de noviembre de 2008

sábado, 11 de octubre de 2008

Una historia de Berlín

Berlin, 16 de julio de 2008. 11 de la mañana.
Durban, Fidelio y yo atravesamos Friedrichstraße, la calle que donde está el Check Point Charlie, el paso fronterizo más famoso del Muro de Berlín, entre las dos alemanias (1945-90).


Nos acercamos a un puesto lleno de trajes militares soviéticos, casos, gorros, condecoraciones, matriuskas y máscaras de gas. Entonces Durban se dirige a la mujer del puesto y le pregunta sobre unos gorros. Con una mirada violeta y gestos lentos, pacientes, la vendedora se dirige a nosotros desafiante. Se llama Lidia Cherkova y nos dice que no hablemos tan alto cerca de estos trajes militares. Pueden escucharlo todo, dice mientras apura un cigarrillo, de tantas personas a las que han acompañado. ¿Me entiende?
¡Rebelión, rebelión! ¡Fantasmas, muchos fantasmas, no bien, no bien! No pretendíamos ofenderla, le contestamos, dando por hecho que la ofensa ya había sido lanzada. No, no es a mí. Es a ellos. Pero ¿Acaso creen que los que llevaron estas casacas pueden olvidar tan fácilmente? La mayoría sirvió a esta parte, en la oriental, en la nuestra, en la República Democrática y precisamente, esos dos gorros por los que me preguntan perecieron en Stalingrado. Tras una pausa, con la mirada decepcionada de no encontrar más que una cajetilla vacía, continúa: Allí murieron casi dos millones de personas. ¿Se imaginan? En sólo diez meses. ¿Es eso justo? No, no lo es.
Entonces bajamos la mirada y nos disculpamos. Aunque ahora estén en venta, nos encontramos ante un panteón sagrado, testigos mudos de contiendas siempre desiguales, siempre traicioneras. Nos disponíamos a irnos cuando Lidia, cogió a Durban del hombro, le entregó los dos sombreros y se los colocó uno en cada mano. Son de Nikita y Erich. Ellos también estuvieron en Stalingrado. ¿Y murieron allí?, pregunta Durban. No, claro que no. A eso no sele puede llamar morir. Les voy a contar algo:

El 1 de noviembre de 1941 el Ejército Rojo inició la campaña militar más importante de la historia. Tanto por el número de efectivos que entraron en combate como por la desgracia que trajo consigo y por ser el desencadenante del que si duda supuso el cambio más importante en la historia reciente.
La contraofensiva contra el ejército nazi había comenzado de forma silenciosa, tomando posiciones en algunas de las fábricas abandonadas de las afueras de Stalingrado. La mayoría de ellas estaban vacían, ya que los alemanes habían preferido buscar refugios más pequeños para montar sus avanzadillas. A treinta grados bajo cero resultaba imposible quitarse los guantes, lo que impedía el uso de casi cualquier instrumental, incluida la radio, y el despliegue lógico de campamentos. El calor humano se había hecho más necesario que nunca. Los cálculos de una invasión rápida de este enclave habían sido erróneos.
Los soldados dormían acurrucados unos sobre otros, con hojas de periódicos en las piernas y debajo de las camisas. Los generales habían permitido que las guardias se redujeran hasta las tres horas y las raciones de vodka eran dobles, por primea vez desde el comienzo de la ofensiva, el 14 de septiembre.
Erich Malthemberg pertenecía a la 60ª División de Infantería Motorizada, todo un lujo para alguien con un cuerpo tan enclenque y débil como el suyo. Su mente se había cultivado en las aulas de la Universidad de Filosofía de Colonia pero, en sus cinco años de estudio, no había dedicado ni un segundo al ejercicio físico, todo lo contrario de la mayor parte de sus compañeros, forjados en los Korps y experimentados en los desiertos de Túnez y Libia.
Erich sabía que era un afortunado. Tenía veintiséis años y la medalla de plata de las Olimpiadas de Berlín en la modalidad de tiro olímpico. Eso y la poderosa influencia de su padre, un empresario que fabricaba todos los neumáticos de los vehículos del ejército del Tercer Reich, le habían facilitado una posición privilegiada.
Había pasado dos meses en el campo de Sachsenhausen, a pocos kilómetros de Berlín, dentro de las SS, en el cuerpo de inteligencia. Pero tras apenas dos meses fue expulsado tras varias discusiones con el jefe del campo y su indisposición continuada a participar en los experimentos de las SS. Ahora, en su división, superado el disgusto de su padre tras la reprimenda del mismísimo Himmler, estaba en un lugar que pensaba más seguro. Las motos actuaban como fuego de cobertura, así que tardaría un poco más en morir, y no lo haría a las primeras de cambio como los rumanos y los húngaros de la 3ª División, que actuaban como fuerza de choque por delante de ellos, limpiando el terreno de minas y arrasando con todo lo que encontraban.
Su unidad estaba a las órdenes del general Fiedrich Paulus, hombre de confianza de Hitler y uno de los ideólogos de la invasión soviética, al menos, hasta que el mismo Führer desbarató por completo sus planes. Era la primera vez que entraba en combate, si así se podía llamar avanzar dentro del sidecar a toda velocidad y disparar a todo lo que saliera a su paso. Sin embargo no tenía miedo.

Su unidad había avanzado unos tres kilómetros, cerca del monte Mamaev Kurgan, desde donde casi se podía divisar toda la ciudad. De pronto, una explosión hizo saltar su moto por los aires y el sidecar se despidió de su apéndice bruscamente. Solía llevar tapones en los oídos así que la explosión la sintió un poco más lejana que el resto. A unos veinte metros una mina había destrozado los dos pánzer que cubrían a unos cien húngaros que les debían dejar el paso libre.
Justo delante de él un teniente se retorcía en el suelo de dolor envuelto en llamas. Enrich tenía las piernas encajadas en el sidecar. A duras penas se bajó, cogió una manta y se tiró encima de él intentando sofocar el fuego que le cubría de cintura para arriba. Sus gritos eran como los de un cordero a punto de ser sacrificado. Cuando le puso la mano en la cara notó como la piel de los guantes se fundía con la de la barbilla del teniente. Tuvo que golpearle, ya que éste intentaba cogerle y le salpicaba de pequeñas llamas y brasas. Se lo quitó de encima como pudo y le tiró la manta.
A esta temperatura, el contacto de la nieve con la piel quema tanto como el fuego. Ni siquiera resulta un buen método para tratar de apagarlo, pero el peso de Maltemberg y su zarandeo furioso encima del oficial lo consiguió al fin. Después comprobó si el teniente seguía vivo, pero lo suyo era la filosofía, así que no estaba muy seguro.
Pac, pac, pac... Alguien les había visto y les acababa de disparar. A su izquierda dos pánzer más habían sido alcanzados, así que nadie repararía en ellos hasta que hubieran sofocado el fuego de las máquinas. Cogió al teniente y, aunque presentía que estaba pasando sus últimos minutos en este mundo, lo arrastró hasta una casa a la que habían arrancado la fachada de cuajo, pero que les ofrecía una pared durante algún tiempo.
Nikita Semiónov se quitó el guante, golpeó la pared con los nudillos dos veces, apretó los ojos y acarició el gatillo como si fuera una superficie suave, desconocida, y no le quemara como en realidad lo hacía. No era un hombre de costumbres, pero a sus veinticinco años estaba convencido que para matar a alguien debía seguir una rutina que no le obligara a pensar en lo que estaba haciendo. Algo así como poner música clásica para aplacar los gritos de un torturado o hacer una muesca de madera, apreciando la belleza de la naturaleza justo después de disparar a algún desgraciado.
Se había librado de ir al frente norte al haber participado en los Juegos Olímpicos de Berlín. Lo había hecho con pasaporte lituano, pero eso poco importaba ahora. Era un tirador de élite, y Stalin había decidido que junto con los atletas, ingenieros y médicos, debía permanecer en la retaguardia, al menos, hasta que fuera necesario. Y así había sido hasta hacía sólo dos semanas.
La ofensiva nazi hacia el Volga había convertido a los cuerpos de choque alemanes en unos blancos demasiado fáciles como para renunciar a ellos. Hitler había castigado a numerosos oficiales a entrar en la ciudad en primera línea, con los soldados rasos, los húngaros y los rumanos. La mayoría, acusados de no haber sido capaces de contener los saqueos, ejecuciones y violaciones de las primeras semanas. No por el hecho de hacer la vista gorda, sino por haber tenido contacto con los judíos y no haberlos detenido y mandado para los campos de exterminio como les había ordenado. El fürher pensaba que hacerse con esta ciudad supondría dividir la Unión Soviética en dos, cortar el suministro de petróleo al norte y hacerse con el control total de los rusos. Pero su visión estratégica no impedía que nunca quitara de su cabeza ni de la de sus generales la idea de la supremacía de la raza y su deber sagrado de acabar con los judíos.
Nikita nunca se aventuraba a hablar de política, ni de pueblos, ni de razas. Ni siquiera pensaba en ello. En cambio, le gustaban las combinaciones extrañas de colores, las formas geométricas y su proyección en el espacio. Pensaba que los trajes de los alemanes eran demasiado oscuros. Un detalle estúpido en cualquier otro momento o lugar, pero clave en el devenir de su ofensiva, sobre todo porque un manto nevado cubría todo Stalingrado más de seis meses al año.
Llevaba tres días apostado a los pies del monte Mamaev Kurgan y había acabado con más de cincuenta vidas. El General Kostantín Rokossovski le había prometido que, si lograban resistir el ataque nazi un par de semanas más, pronto podría devolverle a casa. Y ésa era la mejor noticia posible; la única noticia posible. Casi la mitad de los soldados de su compañía tenía disentería u otras enfermedades y las noticias no eran nada esperanzadoras. Últimamente a los heridos los trasladaban a la orilla del Volga, con la promesa de ser evacuados, pero una vez allí, les dejaban morir congelados.
Frente a él tenía dos alemanes y debían de ser oficiales. Uno de ellos estaba sentado y apenas se movía. Quizás estuviera herido. El otro le daba agua y giraba la cabeza a un lado y otro. Les tenía a tiro. Demasiado fácil. Pac, pac. Dio dos golpes más con los nudillos, como si ya lo hubiera hecho.
El teniente estaba medio muerto. Tenía la mitad del rostro cubierto por una costra negra y el tintineo inútil de una mano era lo único que mantenía a Erich a su lado. Había sentado al teniente en una habitación con azulejos y una pila. Pac. Entonces notó como si le hubiera dado la corriente en el brazo y se giró buscando el origen del disparo. Miró al teniente y comprobó que tenía un balazo justo en medio de la frente. Por un momento sintió pánico, pero le duró apenas segundos, hasta comprobar que a él también le habían alcanzado en la muñeca. En ese momento se dio cuenta de que alguien se acercaba a su posición.
Nikita sabía que a uno le había dado en la cabeza, pero sospechaba que el otro sólo estaba herido. Decidió acercarse. Desde su posición era mucho más sencillo, su camuflaje era perfecto, pensó. Lo único que le daba miedo era la posibilidad de tener que utilizar el cuchillo. Estaba a unos diez metros y podía ver el casco del alemán.
Erich recordó que tenía un pañuelo blanco que podría utilizar para mostrar su rendición. Ya no se acordaba que tenía inscritos en él los cinco aros olímpicos, con la fecha bajo: Berlín 1936. Lo agitó mientras buscaba la pistola que había perdido cuando salió despedido de la moto. No debía pasar de los veinticinco grados bajo cero, pero empezó a sudar.
Cuando Nikita vio el pañuelo agitándose decidió acercarse, al menos, para ver la cara al número cincuenta y dos. Erich se tocó la cartuchera pero estaba vacía. Cuando se giró tenía a un francotirador del 62º Ejército Rojo apuntándole. Así que ya estaba muerto, con la bandea olímpica en la mano, desarmado y muerto, luego pensó que lo mejor era reírse de la situación. Nikita dio dos pataditas al suelo. El cielo estaba cubierto, pero un haz de luz le rozó la mejilla y bastó para que sintiera un segundo de calor. Con el fusil le hizo una señal para que el alemán se quitara el casco. Erich se lo quitó y continuó agitando la enseña olímpica, con un semblante ridículo.
En ese momento Nikita recordó el color miel de unos ojos con los que había intercambiado la mirada más larga de su vida. Miel y azul y negro y blanco, y tras ellos, sólo la diana. Se apartó la bufanda para ver si el número cincuenta y dos también le reconocía. No había pasado tanto tiempo desde su primer y único encuentro. Fue el 14 de julio de 1936, en las pistas adyacentes al estadio olímpico de Berlín. Después de más de 3 horas de la final de tiro y veinte dianas empatando con la misma puntuación, Nikita y Erich seguían disputándose la medalla de oro. Entonces el alemán se quitó la gorra y miró a su oponente. El público le jaleaba y pedía gritos la rendición del ruso. Erich se acercó a él, se despojó de los guantes y le ofreció su mano ante la desesperación de un público boquiabierto y furioso. Nikita aceptó su mano y se fundieron en un abrazo. Fue la primera vez en la historia de los juegos en la que se repartieron dos medallas de oro en una misma competición.
Pero aquel cara a cara nada tenía que ver con lo que pasaba ahora. Muerte y hielo. Frío y lágrima. Este era el tiempo de la ira. Nikita apuntó de nuevo su fusil. Erich cerró los ojos y siguió recordando el encuentro de una soleada tarde de verano. Escuchó un crujido y de nuevo sonrió. Pero esta vez era el ruido apabullante de un pánzer que se acercaba en su dirección. Debía de estar a unos treinta metros. También escuchó a un teniente preguntando si había supervivientes. Erich abrió la boca pero Nikita le miró recordándole su condición. El ruido de la bestia y de los zapadores alemanes era cada vez más nítido y cercano.
La situación había cambiado en segundos. Cuando le vieran, matar a Erich sería su último recuerdo. Nikita bajó el fusil y fue él el que rió. Acababa de decidir que uno de los dos sobreviviría a la guerra. Ahora eran los pasos de tres hombres los que se escuchaban. Erich se tocó la herida con la mano y esparció la sangre que tenía en su cabeza y en la cara de Nikita. Después le cogió por los hombros y lo tiró al suelo, le sacó su puñal y se lo colocó en su mano. Acababa de empezar a nevar. Ya en el suelo, Erich colocó a Nikita boca abajo, como si estuviera muerto y después se tiró él mismo encima, simulando también estar muerto. El cielo parecía despejado aunque nevaba. A los tres soldados alemanes les acompañaba un perro que se paró junto a Erich y Nikita. Les olió, les lamió y les dejo como si nada. Los soldados pensaban que estaban muertos. Recogieron el fusil del ruso y pasaron de largo. Erich pesó que debía seguir tapando a Nikita durante un tiempo más. El ruso pensó que era un día turquesa.
Tres días más tarde el capitán Dimitri Cherkov descubrió a un soldado ruso y a un suboficial alemán abrazados. Habían muerto congelados.

Y esa es la historia de Nikita y Erich, nos dijo Lidia. El capitán Dimitri Cherkov es mi padre. Estos dos son sus sombreros. El cielo se ha despejado.
...dedicado a todos los que abandonaron este mundo en esta guerra, y en todas las guerras

Coldplay: Viva la Vida¡

martes, 7 de octubre de 2008

jueves, 7 de agosto de 2008

Felicidades

A Durban y a mí nos gustaría dar la bienvenida a la nueva aventura cibernética de un gran tipo, uno de esos que "merecen la alegría" (que no la pena)...Se trata de una recopilación de curionotícias que, de verdad, darán mucho d e qué hablar...echadle un vistazo

CURIONOTÍCIES

miércoles, 6 de agosto de 2008

!!Durban ha Vuelto¡¡



Perdón por el retraso queridos. Hemos estado en Berlín, Praga y Viena de Ronda..

martes, 27 de mayo de 2008

Presentación de Alejandro

Firma invitada: Alejandro Manuel. MundoDurban sigue abierto a cualquier participación. Esta es la presentación de Alejandro Manuel.

Esta es su propuesta: "!Ahi va mi creacion! Es un capricho, nada serio, pero mientras la escucho, cruzo gratis el océano, hasta Trinidad y me veo con mi amigo Rafa, disfrutando de la vida!!!.



La canción de Trinidad

Nada queda en la discoteca ya.
Todo está vacío.
Durban acompaña con una piba que es medio africana.
La verdad es que creí que me hizo un guiño,
proponiéndome a los ojos creo un trío.

Pero, queda la casa,
queda la casa,
queda la casa…
Nelson está por ahí.

Mañana cuando amanezca,
creo que será un buen día.
La fémina me ha propuesto que vayamos con ella a un sitio,
y creo que ahí están de carnavales.
¡Que se despierten los deseos más carnales!

Pero queda mi cama.
Ees por la mañana, esto continúa…
¡Viva Joel!





Este soy yo, Alejandro Manuel

sábado, 24 de mayo de 2008

Presentación de Vatel

Firma invitada: VATEL

MundoDurban es un espacio abierto a cualquier tipo de intervención-inspiración. Cualquiera de vosotros, y digo cualquiera, puede y debe expresarse. Así, que la única cosa que podemos decir, Durban y yo, es que Vatel es el primer valiente que decide comparti sus sentimientos.


"Cuando abandonas el pueblo serpenteas por una carretera estrecha, y entras en la Cala Montjoi (en Girona) a un lado los arbustos en flor lo pintan todo de tonalidades en verde, amarillo y violeta, siempre distintas, y del otro lado el azul el del mar y el del cielo que se funden en el horizonte. Entonces llega el primer estímulo, estás saboreando mar y oliendo monte, así empezó todo…

Contrastes que bien por casualidad o bien por causalidad hacen que las cosas conocidas se perciban de otra forma y que las desconocidas se acepten con naturalidad. El viaje es en sí, la verdadera aventura, y entonces crees que estás viendo una cosa y es otra ,y cuando crees que lo que vas a experimentar lo desconoces te retrotrae a lo más familiar.
Es el juego de los sentidos, que tan pronto te divierte como te desconcierta, dejándote perplejo en un instante y, de nuevo, los colores lo invaden todo rojos potentes, blancos cremosos, negros esponjosos, verdes amargos, amarillos crujientes, morados eléctricos, naranjas explosivos, marrones suaves y un sin fin de variedades que te aturden antes de que puedas asimilarlo.


Pero todo tiene su orden, su lugar, su momento preciso entre el que le antecede y precede, todo es perfecto excepto el final porque sabes que se acaba y no sabes si volverás. Eso es el Bulli."








Hola, soy Vatel, espero que te haya gustado



jueves, 22 de mayo de 2008

Zapatillas


Cuando las vi por primera vez estaban medio escondidas,
en un mostrador repleto de baratijas,
pidiendo a gritos un poco de atención,
entre guirnaldas, polvo púrpura y otros adornos para árboles huérfanos,
o rellanos necesitados de luz.

Estaban allí, justo tras un Buda que explicaba con sus manos
el misterio del Universo,
anunciándose, aquí, aquí…


Eran dos y tenían la piel aterciopelada,
con arañazos dorados,
y un corazón bajo la piel solícito de un acompañante…

Y entonces parece que me hablan:
Llévanos contigo, aunque no sean los tuyos los pasos a seguir,
porque seguro que serán de alguien al que adoras,
y desde ahora nosotras también le adoraremos,
que ya sabemos de tu habilidad para meterte en sus sueños….

Queremos pisar el suelo que pisas,
queremos sombrearte,
picotearte, o mejor,
acompañarte en sus sueños,
que serán los tuyos,
por si se pegan,
por si de pronto podemos vivirlos contigo.

Decido entonces que se vienen conmigo,
con su púrpura y rojo, de paseíllo, pero son para ti…

Así que ya sabes, aquí las tienes,
son tus zapatillas, o un visado de mi corazón…
o un lado de mi alfombra voladora reservado,
o cualquiera de mis hombros, para que te apoyes y me apoyes,
y volemos en ala delta.

Son tuyas,
para lo que quieras…
En mi casa no tengo llaves,
pero sí unas zapatillas esperándore a la entrada….
las tuyas.

sábado, 3 de mayo de 2008

Feria del Libro de Valencia, en la caseta número 16...con horchata y fartons, y muy buen ambiente de todo aquel que asistió.

El beso en la pluma
Besar a una persona, o mejor, darle un cálido abrazo y transmitirle que tu suerte es su suerte y que así quieres que sea para siempre. Creo que esa es la sensación más parecido que he tenido al firmar un libro. Jamás pensé que fuera tan emocionante.

Primero los desconocidos miran la portada, e inmediatamente después te miran la cara, así que me imagino que de haber sido más agraciado hubiera convencido a algunos más, o al menos, más misterioso, atormentado, enimático, quizás…

El caso es que la ilusión es infinita, y aunque suene a tópico, la responsablidad, también... Gracias a los que me habéis acompañado, al resto, también...



...Y, si os soy sincero (Durban y yo siempre lo somos, aunque en alguna ocasión nos duela), la visita que nos ha emocionado no ha sido la de la prensa, ni la de un escritor famoso, ni siquiera, la de algún editor emocionado... No, la más importante ha sido la de dos mujeres menudas, dos mujeres que intentaban disimular el sentimiento que les producía verme allí, con el sentimiento a flor de piel, sonriente, rodeado de gente; dos mujeres de ...taytantos años (¡qué importa el DNI, si son inmensamente más jóvenes de la mayoría de los que conozco!) y que me han querido ver mucho mejor de lo que soy...sólo por eso, intentaré acercarme un poco a lo que ellas piensan de mí: mi abuela, Martina, y mi madre, Victoria.








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